Mi vida sin ti


Ay, mi amor, sin ti no entiendo el despertar
(Romance de Curro el Palmo. Joan Manuel Serrat)

Ay, amor mío, qué terrible absurdo es estar vivo
sin el alma de tu cuerpo, sin tu latido
(Sin tu latido. Luis Eduardo Aute) -

Como gasto papeles recordándote, -----------
-------- como me haces hablar en el silencio, --- ----
-------- como no te me quitas de las ganas

-------------- ---- (Te doy una canción. Silvio Rodríguez)

Non, je ne suis jamais seul avec ma solitude
(Ma solitude. Georges Moustaki)

La ciudad se derrumba y yo cantando
(Te doy una canción. Silvio Rodríguez)


A mis muchos, buenos, grandes y queridos amigos. Otro lujo en mi vida


Hola tú!, aquí me tienes: descompuesto y sin novia. Conversando con tu recuerdo irremediablemente. Como bien dijiste cuando fuimos a dar el pésame a los padres de nuestro amigo Javi, unos meses antes de que diera la cara tu enfermedad mortal; consuela hablar a otros del ser querido que se ha ido para siempre, rememorar tu vida, nuestras vidas en común, charlar contigo como si estuvieras viva, como si yo no estuviera medio muerto. Al parecer es terapéutico, incluso aunque no nos escuche nadie.

Estoy seguro de que todos hablamos con nuestros muertos; yo desde luego lo hago, aunque no creo en absoluto en la otra vida. E incluso he sentido a Pablo junto a mí de vez en cuando; y me ha ayudado a no caerme en un par de tropezones, sosteniéndome mientras yo iba dando inestables trompicones hasta recuperar la verticalidad. El cerebro es así. Teje la realidad, construye el mundo.

Rosa Montero. "La ridícula idea de no volver a verte", p.116. Seix Barral, 2013

Se lo digo a todos: me siento la persona más afortunada del mundo de haberte querido y de que me hayas correspondido con tu cariño durante 33 años, de haber convivido contigo tanto tiempo. Ante la vida me doy por servido, y a estas alturas no espero mucho bueno de ella, tan sólo deseo vivir tranquilo lo que me quede de existencia, acabar, cuando llegue el momento, discreta y serenamente.

Afortunado, sí; pero a la par un desgraciado por el inmenso vacío que has dejado. En este sentido tenías razón cuando al comienzo de nuestra relación decías que era mejor no enamorarse para no sufrir. Yo ya lo había pensado mucho antes y lo dejé escrito torpemente en una de mis primeras escaramuzas poéticas. Y es que por lo visto no hay bien que mal no traiga, aunque sea más conocida y quizás aceptada, por optimista, la frase inversa del refranero. Son el anverso y el reverso de la misma moneda, la cara y la cruz. Por eso tal vez Shidarta, que era príncipe y había vivido de rositas, ajeno a todo tipo de sufrimiento, encerrado en palacio bajo la protección de su padre; cuando éste murió y decidió salir al mundo exterior para conocerlo, no pudo soportar parte de la realidad que vió y que le habían ocultado durante muchos años. Estando bajo estado de shock se atrincheró en sí mismo y se hizo asceta, más tarde Buda, controlando sus emociones y sentimientos para tratar de evitar en la medida de lo posible sufrir; renunciando, como contrapartida forzosa, funesta y necesaria, al placer, al amor y a los momentos de felicidad que nos brinda la vida, hasta conseguir que su corazón dejara de palpitar y su cerebro diera encefalograma plano en vida, y así alcanzar el famoso Nirvana y pasar a ser una especie de muerto viviente sonriente u objeto inanimado que ni siente ni padece. Lo entiendo, le comprendo, no lo descarto; nuestra felicidad no sólo depende de nosotros y ese es el quid de la cuestión, el gran e irresoluble problema. Pero también me imagino que la vida sin amor debe ser anodina y poco llevadera, probablemente no merezca la pena. Y viendo, como diría Serrat, que a plazos o al contado la vida puede pasar factura y que en toda alegría hay una amargura, sigo su receta bienaventurada ante el infortunio, que según dice esconde alguna ventaja, y trato, como a ti te gustaría, sacar fuerzas de donde no las hay, vencer la apatía y la pereza, para seguir viviendo por y para los que me quieren mientras, cual olmo seco hendido por el rayo y en su mitad podrido, espero, como Machado, un milagro de la primavera, algún que otro regalo más del destino que me alegre, en la medida de lo posible, el trayecto final de mi camino.

Creo que he tenido hasta ahora una vida normal, nada excepcional, pero que calificaría más o menos de buena y que, comparativamente con mucha gente, me parece regalada; y a pesar de ello desde que tengo uso de razón hubiera preferido no nacer. La vida en muchos aspectos me parece un sinsentido, un contrasentido. La vida y la muerte, el todo y la nada, son conceptos contrapuestos íntimamente unidos, pero a su vez separados por un abismo profundo que produce vértigo. Pero en fin, una vez nacido, supongo que toca vivir, aunque sea sin ti, mientras el cuerpo aguante, tratando de disfrutar al máximo de las cosas que me agradan y de afrontar, asimilar y soportar con dignidad el dolor ajeno y el propio. Hablándote de este tema me ha venido a la memoria una preciosa frase que me escribió Chu en un correo y que está llena de filosofía y de amor, de poesía e incluso de humor. Me parece admirable, sobre todo viniendo de una madre que por supuesto quiere a su hija como la que más. Aquí va:

Yo hubiera preferido no SER y así no ESTAR, pero ya que fui y cometí el error de engendrar, no podría dejar de SER porque quiero ESTAR, al menos mientras ella ESTÉ, por lo que ella ES. Y ya que ESTAMOS, intentar SER Y ESTAR lo mejor posible.

María Jesús Campos "Chu"

Dicen que uno se hace a todo y en general, sólo en general, debe ser verdad, pues muchos, o por lo menos algunos, se quedan por el camino bastante maltrechos. Otros, sencillamente, no lo pueden resistir y se quitan de en medio sin más. Y es que hay una cosa peor que la muerte, en el supuesto de que dejar de existir sea malo; me refiero a la tortura, sea física, sicológica o ambas a la vez (la una frecuentemente lleva a la otra). Tortura consentida en los hospitales, tortura de terrorismo de estado, tortura venganza del que fue torturado o que ejecuta quien se siente aplastado, tortura en nombre de dioses, de la libertad o del orden, tortura doméstica de género, tortura de un sinfín de etcéteras. Torturas que son un suplicio, que son un martirio. La violencia y el ensañamiento llevados al límite fría y calculadamente muchas veces. La tortura es el mayor atentado contra la Humanidad. Puede llegar a ser algo tan terrible e insoportable, el dolor tan insufrible, que llegas a desear la muerte, a implorar a tu torturador que acabe con tu vida cuanto antes, y por ello, paradójica y eufemísticamente, se suele llamar tiro de gracia al que te mata o, mejor dicho, te remata. Probablemente sean los humanos los únicos animales que torturan a sus semejantes y a otros animales. Unos verdaderos bestias, sí.

Tortura. Si me permites, te comento lo que me inspira la sola existencia de esa terrible palabra, la mas cruel de las inventadas... el tabú mas perturbador que conozco. Ahora que me hice vieja, ahora que para mi la vida rodó casi toda, puedo inventariar lo vivido y siento un estremecimiento al oír esa palabra, al escuchar un relato que la detalle o la sugiera, al tropezarme con una imagen que la escenifique; no concibo una sombra de justificación para la mayor maldad, es imposible asimilar su realidad permanente, imposible de imaginar, imposible de perdonar, imposible de aceptar al ser humano que ha sido capaz de ejercerla, considero que es la aberración máxima...

Ana Sánchez

Me acuerdo del día que viste la película “Mi vida sin mi”, de Isabel Coixet, que tanto te emocionó e impresionó, y de lo que me contaste sobre ella… Creo recordar que la vida de la protagonista cambia por completo cuando le diagnostican una enfermedad que no tiene cura. Es precisamente entonces cuando adquiere sentido su vida y toma consciencia de lo insípida y gris que era y de que el poco tiempo que le queda por vivir vale oro y no lo puede desperdiciar en banalidades. A partir de ese momento, paradójicamente, descubre el placer de vivir, guiada por un impulso vital: completar una lista de cosas por hacer antes de morir. Desde luego no fue tu caso. Tú no perdiste el tiempo nunca, saboreaste la vida hasta el final, la gozaste en la medida de lo posible; y también lo dejaste todo dicho y bien atado. Por cierto, cuando el cáncer de Ani me imaginé como sería la vida de tu hermano Ramón sin ella, incluso le visualicé en ese trance. En una de las imágenes le veía refugiado en su huerto o en su jardín, ensimismado en una de las múltiples tareas que realiza, aparentemente igual que siempre pero completamente desvalido. Quien me iba a decir a mí que poco tiempo después sería yo, y no él, el hombre infelizmente viudo. Lo digo así, como lo diría mi padre, porque para algunas personas la viudez debe ser una liberación.


Ramón, el hermano de Rosa, en su antiguo invernadero poco tiempo después de conocernos. Luego, al cabo de los años, se haría otro, acristalado y con estructura de hierro. Va por ti, amigo.

(Foto: JRT, 1982 ?)


La vida a estas edades pasa a una velocidad de vértigo, por eso me queda poco tiempo aunque viva muchos años más. Tampoco me preocupa lo más mínimo ni me causa ansiedad, seguiré a mi ritmo o al que me marquen las circunstancias. Mientras que el tiempo se acelera, yo, por el contrario, me muevo y desenvuelvo cada vez más lento. Así las cosas, no creo que pueda contarte todo lo que me va pasando, lo que nos va sucediendo. Los primeros meses después de tu muerte fueron terribles en este sentido, apenas tenía energía para nada, la desidia y la pereza, tan ajenas a mí antes, se habían adueñado de mi persona. A veces, cuando me desplazaba, sentía como si me arrastrara por el suelo. Me costaba arrancar. Para hacer cualquier cosa, por simple que fuera, tenía que hacer un esfuerzo tremebundo. También lloraba hasta la extenuación cuando pensaba en ti. De pena, de admiración, de amor. Hasta tu enfermedad y muerte había llorado muy poco en mi vida: cuando se mató Patricio con veintinueve años en un accidente de tráfico (¿o fue al revés?, le dio algo y se estrelló contra un camión), cuando murió mi tía Marisa y, al poco tiempo, mi padre,… No por nada, y mucho menos por hacerme el machote; no es que me reprimiera o tuviera algún prejuicio. De hecho me cuesta comprender a la gente que se esconde bajo unas gafas oscuras para ocultar su pena, aunque ésta la afee. Incluso en el cine, y siendo ya plenamente consciente de que la realidad supera con creces a la ficción, me costaba romper a llorar. En algunas películas me emocionaba, pero como mucho se me cargaban o aguaban los ojos un poco. Pero contigo fue diferente, me iba a estallar la cabeza. Era un llanto desgarrador. Como no tenía costumbre, sentía músculos de la cara y de la mollera que nunca antes había sentido pero que por lo visto existen y estaban siendo sometidos a una tensión inusitada, hasta entonces inédita. Inagotables torrentes de lágrimas brotaban por doquier. Desde luego, si tenía alguna duda de lo que era llorar a moco tendido, quedó completamente despejada. A los pocos días de tu muerte me salió un bulto debajo de la mandíbula y cerca del cuello. Entonces me acordé de la mujer que conocimos haciendo rehabilitación en los aparatos del parque de Calero. La habían operado también de un tumor cerebral, pero en este caso “benigno”, al cabo del año y medio de la muerte de su marido. Le debía querer mucho y según nos contó lloró lo indecible. Pero no, lo mío no era un tumor, sino inflamación, por obstrucción, de unas glándulas salivares; aunque al parecer sí que estaba relacionada con mi sufrimiento. El dolor, el hastío, la insatisfacción y en general la infelicidad en grado sumo, es muy perjudicial para la salud. Estoy seguro que fue el llanto desmesurado lo que ocasionó el problema y la consecuente hinchazón, que se me quitó afortunadamente chupando limón, un remedio casero que me prescribió mi doctora. Se trataba tan solo de generar o segregar saliva. A tu hermana Concha le pasó tres cuartas de lo mismo unos meses después cuando fue a Alberche en agosto, lugar y periodo en los que pasabais bastante tiempo juntas. Y si no lloraba, casi era peor; me asfixiaba, me faltaba el aire. “Eso es congoja, lo que a ti te pasa se llama congoja”, me dijo La Sánchez. En fin, nada nuevo bajo el sol. Como tú decías durante tu enfermedad, con una serenidad pasmosa, ni soy el primero ni seré el último.

El verdadero dolor es indecible. Si puedes hablar de lo que te acongoja estás de suerte: eso significa que no es tan importante. Porque cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, lo primero que te arranca es la palabra.

Rosa Montero. "La ridícula idea de no volver a verte", p.23. Seix Barral, 2013

Aun así, con los ánimos bajo mínimos, incapaz de morirme, seguí con vida y, en pleno abandono, me dejé barba. Una barba, en gran parte canosa, más larga que nunca. Y aunque con ella les resultaba interesante a algunas mujeres, concretamente a las que les gustan las barbas (en esto no suele haber término medio), es incuestionable que me envejecía; pero si bien me sentía halagado con lo primero, en el fondo me importaba un comino ambas cosas. De forma inconsciente era o quería ser otro, tu compañero había muerto contigo. Pero no sé hasta que punto, pues sigues viviendo en mí, estoy lleno de ti.


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Con Enrique (izda.) y con Jesús (dcha.) en la divertida fiesta del 55 cumpleaños de Nacho.
Al final le cogí gusto a mi barba semicanosa y creo que me la dejaré de vez en cuando
(temporada otoño-invierno), sobre todo si me echo una novia que le guste.
(Fotos: Eloy Frochoso. Garganta de la Olla, 2015)


Lo de la barba es muy curioso, ya que si por una parte en general envejece, sobre todo al que estamos acostumbrado a verle sin ella, por otra camufla toda edad; de tal manera que, por ejemplo, un hombre de 45 años y otro de 60 años pueden aparentar la misma edad. Y por los hombres que desde muy jóvenes se han dejado una larga y tupida barba, caso de mi cuñado Ramón y de su hijo, parece que no pasa el tiempo, salvo cuando se produce el cambio de color de negra a parcial o totalmente blanca.


Quizás no he estado ni estoy a la altura de lo que hubieras esperado de mí, pero conozco casos muchos peores en los que las personas afectadas han tenido que recurrir a apoyo psicológico y a pastillas para dormir. Para dormir y para despertarse, para arrancar, para ir tirando. Esto del duelo cada cual lo lleva como puede y lleva su tiempo, que es diferente según cada quién, si es que alguna vez tiene fin. Porque va evolucionando, claro, pero el dolor y la pena siguen ahí de otra manera. Y hay días, y se tienen rachas. Y puedo pasar de la euforia de haberte tenido a la tristeza infinita de haberte perdido, aunque sé que tu recuerdo siempre me acompañará.

Uno tiene que vivir y experimentar el dolor de esa ausencia e irla integrando en la propia vida, y cada cual tiene un camino y tiempo diferentes para asumirlo y seguir avanzado

Carmen Sesé

El caso es que poco a poco, como un monigote a cámara lenta, pero siempre arropado por los amigos y la familia, fui incorporando a mi vida sin ti pequeñas actividades. Cocinaba lo poco que sabía, acudía a la llamada de los amigos, realizaba las tareas domésticas inaplazables, empecé a leer algo... “Confieso que he vivido”, tu libro de Neruda con tu nombre manuscrito y la fecha en que lo leíste (1981), cuyo título siempre me atrajo. Igualmente de tu biblioteca, Paula, de Isabel Allende, que me recomendó tu hermana Rocío y que es, como no podía ser de otra forma, durísimo pero precioso y muy interesante. Me impactó especialmente la descripción detallada que hace de una de las crisis que tuvo su hija en el hospital. Espeluznante, terrible para una madre. Si después de leer dicho texto o vivir tal experiencia hay alguien que cree en la existencia de un ser inteligente todopoderoso, rector de nuestros designios, que es además infinitamente bondadoso y misericordioso; me parece increíble. Escribí a la autora pidiéndole permiso para colgar en De Vez en Cuento un pequeño texto de su libro y tuve la inesperada alegría de que me contestara y además afirmativamente. Doy fe, pues, que también hay buen rollito en el mundo, aunque los medios de comunicación amparados por el actual sistema se empeñen en transmitirnos enfáticamente sólo lo malo. Hagan lo que hagan los poderosos, con su mercantilismo y su rosario de despropósitos, no podrán acabar con la amistad, la generosidad, la solidaridad, el amor y la belleza.

Así mismo leí “La ridícula idea de no volver a verte”, libro de Rosa Montero que me recomendó un compañero del trabajo pero que ya tenía en el punto de mira. Cuando escribió este libro hacía tres años que había muerto su compañero, el periodista Pablo Lizcano, con el que llevaba conviviendo veintidos años si no mal recuerdo. Murió a una edad parecida a la tuya de un cáncer que le afectó al cerebro. Para ella debió ser muy duro, ya que él no quiso compartir su enfermedad y el inevitable deterioro que conlleva con los amigos. Todo lo tuvo que gestionar y lidiar sola hasta poco antes del final, cuando ya su pareja había perdido el conocimiento. El motivo central de dicho libro es el diario de Madame Curie, que también recoge su duelo tras la muerte de su marido; pero lo que a mí más me interesó fue lo que contaba la autora sobre su propia vida y sus reflexiones tras la enfermedad y muerte de su compañero, alguna de las cuales recojo en este texto. Y es que, como bien sabes, me encantan las autobiografías, donde por lo general el personaje se desnuda, emerge la persona y late un corazón abierto. Se aprende mucho de la vida conociendo otras vidas aunque sean desdichadas. Si la tuya no lo es, te ayudará a valorarla o a revalorizarla; ¡hay tantas historias truculentas y deprimentes…! Después cayó en mis manos por casualidad la de Adolfo Marsillac ("Tan lejos, tan cerca"), y entremedias otros libros autobiográficos, de los que me atrajo nuevamente sus respectivos títulos: “Lo que me queda por vivir”, de Elvira Lindo, y “Lo raro es vivir”, de Carmen Martín Gaite, de la que no había leído nada. De la primera, sólo un librito de Manolito Gafotas. El título del libro de Elvira Lindo es engañoso porque en realidad habla de lo vivido hasta el momento en que lo escribe. Me sorprendió lo que cuenta de su vida, el que detrás de su imagen pública, una persona atractiva y divertida capaz de hacer reír a la gente con un humor entrañable, agudo e inteligente, hubiese grandes dosis de pena, amargura y desconcierto, tanto desamor. Cuánta infelicidad se esconde a veces en personajes populares o famosos a los cuales admiramos e incluso en cierto modo envidiamos. Afortunadamente conoció a Antonio Muñoz Molina, que le dio estabilidad emocional o, como dice ella, la vida.

Cómo se hace para pedir ayuda, para contarle a alguien que un desgarro interior no te deja dormir, cómo se llega a comprender que hay amores que han caducado, que prolongarlos es pudrirlos, cómo aprende uno a defenderse, a tener dignidad y no desear la compañía de quien sabes de antemano que te destruye, cómo distinguir entre amor y obsesión, por qué luchar por lo que ya no te pertenece, cómo se hace para estar triste sin humillarse, cómo aprender a comportarse correctamente, de tal manera que no tengas que pasar la vida rumiando errores que duelen más que por su gravedad por la cantidad de veces que los has repetido.

Elvira Lindo. "Lo que me queda por vivir", p.259. Seix Barral, 2010


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Hola de nuevo. Hace tiempo que no te escribo, porque hablar te hablo casi a diario. La vida, ya sabes, pasa ahora muy rápido, y sigue su irrefrenable curso con su rosario de nacimientos y muertes, con sus pequeños eventos y grandes acontecimientos, con sus momentos buenos y malos, dulces y amargos, felices y tristes; pero en su conjunto el mundo sigue siendo igual de feo. Y lo peor es que no tiene solución (la codicia de un significativo número de humanos es insaciable), sólo queda cruzar los dedos, que no nos toque la china de la desolación.

Esto de escribirte para contarte mi vida creo que me va a ayudar, entre otras cosas, para recordarla. Aunque ya no sé muy bien que sucedió antes o después, trataré de llevar un orden cronológico.

Poco más de un mes después de tu muerte, el 11 del 12 del 2013, mi madre cumplió 100 años y, naturalmente, hubo que celebrarlo. Algunos primos –ya no quedaban tíos- vinieron a Málaga para la ocasión.


Mi madre, en la celebración de su centenario. ¿Quién diría que tenía un siglo de vida? Parece mucho, y lo es, pero al final el tiempo se comprime y se queda en nada


También recuerdo bien la primera navidad de un invierno sin ti en Alberche. Yo brindé por Emma y Sara, las recién llegadas, y Vir con una sonrisa apostilló “por el ciclo de la vida y la muerte”, que viene a ser el mismo que el de la muerte y la vida. En cualquier caso no hay otro. Yo todavía no le veo la gracia, pero quizás es que soy muy torpe y no lo suficientemente sabio para comprenderlo. Aunque muy escéptico, no pierdo la esperanza.

En febrero del 2014 reuní a todo los amigos de Madrid en el bar de Kalhed. Era algo que teníamos pendiente, que nunca habíamos hecho. Algunos amigos no se conocían o sólo por referencias. Estuvo genial, vinieron casi todos y fue tremendamente agradable y placentero. Hubo muy buenas vibraciones, paz. Estabas por todas partes, en todos nosotros.


Aparte de ir a Málaga y a Alberche, mi primer viaje sin ti creo que fue a Aguilar de Campoo y alrededores (Palencia), con los amigos, en mayo de 2014. Pernoctamos en la casa que tenían Javier y Raquel, amigos de Isabel y José Luis, en Barrio de San Pedro. Vimos mucho románico y a la ida navegamos por un tramo del Canal de Castilla, que es navegable y conectaba el Norte de la Península Ibérica con la Meseta gracias a un sistema de exclusas y compuertas mediante el cual se consigue salvar los desniveles de la orografía. Es una importante obra de Ingeniería de tiempos de Carlos III, de cuya existencia no tenía ni idea. Lo pasamos bien, fue un viaje muy bonito; te hubiera gustado.

Pero mi primera hazaña fue ir a Sabero (León) a casa de La Sánchez y Migue. También lo teníamos pendiente, aunque nunca encontrábamos el momento. Me costó muchísimo arrancar, además era la primera vez después de ti que iba a recorrer solo una larga distancia en coche por un trayecto que no conocía. Pero mereció la pena, me alegré un montón. Estuve muy a gusto con ellos. Me he dado cuenta que ver y estar con la gente que te quería me reconforta y supongo que viceversa. Por si fuera poco todo lo que me enseñaron y el cariño que recibí, me hicieron un regalo precioso e impagable: una antigua y enorme tabla de madera africana tallada en bajorrelieve con escenas cotidianas y singulares de la vida del pueblo o la comunidad a la que perteneció. Me volví a Madrid la mar de contento. La tabla era de Migue, de cuando vivió en Guinea Ecuatorial, y tiene su propia historia, pues Migue y su familia tuvieron que salir de dicho país deprisa y corriendo, con lo puesto, uno de los días previos a la declaración de independencia. Afortunadamente la tabla fue uno de los enseres que posteriormente llegó a Madrid en valija diplomática; otros se perdieron en el camino o no salieron nunca.





Con Ana y Miguel en Sabero (León). Migue había estado muy pachucho,
pero cuando llegué yo había empezado a remontar y luego mejoró mucho



Foto que me hizo La Sánchez en el puente colgante
sobre el río Esla (Sabero, León)



Rosa Alonso me dijo un día que se iba a casar con Use, y que le haría mucha ilusión que yo fuese a la boda. Que la ceremonia iba a ser civil, en Medina del Campo (Valladolid), de donde es su familia, y que –a la vejez viruelas- le apetecía celebrarlo por todo lo alto, ser reina por un día (esto último lo añado yo). Aunque yo no estaba para festejos, como se apuntaron varios de nuestros amigos íntimos y Rosa insistió tanto y con tanta dulzura, me subí al carro. De nuevo me alegré. Lo pasamos igualmente bien, hasta trasnochamos y bailamos. La ceremonia fue sencilla y entrañable, a mí me dio por hacer fotos. Luego al cabo de unos meses les regalamos un viaje a Dublín, ciudad en la que vivió un tiempo y a la que Rosa le tiene un gran afecto. Fue un fin de semana largo del mes de enero de 2015. Viajamos todos juntos y los novios no supieron a donde iban hasta que estuvimos en el aeropuerto y llegó el momento de embarcar. Salvo el último día, que chispeó un poco, no llovió, pero hizo un frío helador, sobre todo cuando se ponía el sol. Visitar los sitios que tú querías conocer me ayuda a vencer la pereza y ponerme en marcha, especialmente si voy acompañado por amigos o me esperan en destino con los brazos abiertos.



El grupito de amigos que fuimos a la boda, menos José Luis
que fue quien hizo la foto, posando junto al Ayuntamiento
poco después de la ceremonia (25 de mayo de 2014)
Por lo que veo salgo bastante serio o triste



Con los novios en Dublín. La foto la debió hacer Luisa. Prego.
Enero de 2015. Yo parezco un gnomo


Entre tanto Eloy sigue organizando de vez en cuando salidas a la sierra los fines de semana. La del Abedular de Somosierra en otoño te hubiera encantado. Te eché mucho de menos.




En el abedular de Somosierra (Madrid), con Eloy, Enrique y Jesús. Noviembre de 2014


A finales de enero de 2015 Virginia y Cesar tuvieron otra niña, que se llama Elena. Nadie supo cual sería su nombre hasta que nació. Es muy parecida a ti, cada vez que la veía me daba un vuelco el corazón. Así que ya tienes tres sobrinas-nietas, y otra viene de camino porque Helena ha conseguido quedarse embarazada tal como quería. Las nuevas generaciones nos hacen sentirnos mayores, pero también rejuvenecemos un poco cuando nos vemos reflejadas en ellas.

Lupita y Dani insistieron en que fuera a verles a México. Se lo había prometido en el 2010 cuando vinieron a excavar al yacimiento de Puente Pino y estuvieron en casa unos días al finalizar la campaña. Fue mi primer viaje de vacaciones de verano sin ti y me costó lo indecible decidirme y organizarlo. Mi madre, además, andaba ya bastante pachucha y eso me producía mucha inseguridad. Hasta el último momento no supe si podría viajar o no. Afortunadamente remontó un poco y me pude ir algo más tranquilo, esperó a que volviera… Me fui 15 días en el mes de septiembre y estaba allí cuando su fiesta nacional. El avión de ida iba medio vacío y estuve sentado solo junto a una ventanilla, con lo cual pude llorar a gusto; pero lo peor fue a la vuelta del viaje, cuando llegué a casa y no estabas. Nunca se sabe cuándo ni dónde va a saltar la libre de la pena acongojante, de la infinita tristeza.

Fui a tiro hecho. Dani (a la izquierda posando conmigo en Malinalco) vino a México DF a recogerme al aeropuerto y ya prácticamente no se separó de mí ni un momento en toda mi estancia en ese país. En el aeropuerto cogimos un autobús a Toluca y desde allí marchamos en taxi a Tenancingo, donde viven. Llegamos muy entrada la noche. Me encontré con la sorpresa de que en la casa vivían también dos de sus cinco hijos, Pepe, rebotado de una relación fallida, y Lupita, ésta además con sus dos niños, Ángel y Sofía, con los que hice muy buenas migas. Me trataron a cuerpo de rey, me dieron todo el cariño del mundo y me llevaron de aquí para allá a ver un montón de cosas. La zona donde viven es preciosa y la gente, en general mestiza, es muy amable. No pude hacer mejor elección. Me lo pasé fenomenal y desde aquí quiero darles las gracias por su cariñosa hospitalidad y acogida. También vi a Tere y conocí a su familia. Nos invitaron a una barbacoa en una casa de campo que estaba en lo alto de una montaña, ya casi tocando el cielo. Subimos por un camino de tierra empinado en un volswagen “escarabajo” de su marido. Allí les llaman “vochitos” y todavía se ven con bastante frecuencia; por cierto, tiran de lo lindo. En Taxco, famosa antaño por sus minas de plata y a donde fui con Dani, todos los taxis eran vochitos blancos. Ah, se me olvidaba, Tenancingo es famoso por los rebozos, una prenda de vestir artesanal especie de chal. La Sánchez y tu hermana Concha me encargaron uno. A ti te hubieran encantado.


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En la foto de la izquierda, yo con Lupita en un pueblo que no recuerdo el nombre;
y en la de la derecha, al fondo Tere y, siguiendo las agujas del reloj,
su marido, Lupita junior y el padre de Tere



El vochito del marido de Tere, pedazo de coche
con el que cinco adultos y tres niños
ascendimos a las alturas


Mi madre efectivamente esperó a que volviera de México para morirse. Nos dejó poco antes de que fuera hacer un año de tu muerte, a finales de octubre de 2014, cuando le faltaba mes y medio aproximadamente para cumplir 101 años. Lo de “nos dejó” es un decir -ya sabes- porque ella, como el común de los mortales (máxime si son creyentes), nunca se hubiera “ido” por su propia voluntad, si bien es verdad que muy al final de su vida decía que ya no le tenía miedo (yo diría pánico) a la muerte y que no le importaba morirse. Desde luego no se puede quejar, y menos ahora: bodas de oro con su marido, que murió a los 84 años, y una vida muy longeva con todos sus hijos vivos. Hasta los 95 años inclusive tuvo una calidad de vida bastante buena, y hasta los 97 –ya en silla de ruedas-, aceptable. Después, salvo algún bajón que abocó en una hemiplegia muy leve, de la que se recuperó, y los últimos meses, que tuvo unos picores y unas erupciones en la piel tremendos por todo el cuerpo; ha sido llevadera dentro de sus limitaciones cada vez mayores. Sobre todo le sobraron los cinco días que estuvo en el hospital, donde ingresó de urgencia y donde finalmente murió. Entró consciente (estaba bien de la cabeza) y ya no volvió a hablar. Pasó esos días sedada y prácticamente dormida sin poder comunicarse con nosotros. Lo malo era que cada cierto tiempo tenía episodios de angustia, que nos acongojaban y que por lo visto no se podían controlar. Qué dura es la muerte de un ser querido aunque tenga más de un siglo de vida, aunque sea un final esperado y la muerte sea lo más natural del mundo, especialmente la de los demás. En fin, que esta pena, ya latente, sobre todo durante sus últimos meses, se sumó a la que tengo desde tu enfermedad y muerte. Ese año nació Paloma, hija de mi sobrino Jesús…

Cuando enfermaste y moriste mi madre lo sintió muchísimo; como todo o casi todo el mundo que te conoció, te tenía gran aprecio y cariño. Me dijo que no tenía nada que reprocharte, que siempre había estado muy a gusto contigo y en nuestra casa. Qué te voy a decir, en mi familia como en todas partes eras la alegría de la huerta, siempre atenta, respetuosa, cariñosa, inteligente, animosa. ¡Cuánto te tenía que agradecer mi madre!, y muy especialmente –quizás no fue del todo consciente- por tu comportamiento y dedicación durante la larga enfermedad que acabó con la vida de mi tía Marisa, su hermana menor a la que estaba tan unida. Qué injusta es la vida muchas veces (y eso que, según dicen algunos, las cosas ocurren como Dios manda, el suyo naturalmente). Con lo buena que era no se merecía un final así. Pero ahí nos tuvo a ti y a mí, a pie del cañón, cuidándola con mucho amor; y durante los periodos de internamiento en el hospital (uno o dos meses al año durante seis o siete años), a donde ingresaba con terribles hemorragias, de las que no se sabía si se podrían controlar o no. También tenía a mi madre y a mi padre, que se desplazaban de Málaga a Madrid para estar con ella a pesar de que eran ya bastante mayores.


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En Cañicosa (Segovia), con Maribel, Begoña y Poto, en julio de 2014 (Luis hizo la foto). Maribel y Poto nos invitaron a comer y a conocer su preciosa casa. En esta foto me veo hasta guapo.
En el bar El Hecho (Madrid) -enero de 2015- con Nacho y Amaya, tomando unos daiquiris en el rincón donde habitualmente nos sentábamos nosotros. Con Amaya mantengo el contacto que recuperamos durante tu enfermedad. La última vez que la vi me dijo que se había separado de Nacho. Cosas de la vida, que no deja de sorprendernos



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En Málaga, con Eduardo. En la imagen de la izquierda, en el bar El Pinpi
tomando un cubata; y en la de la derecha, en la calle San Juan
al lado de la tienda de calzados Hinojosa. 2015

La foto de El Pimpi nos la hizo una de las "chicas", por cierto muy simpáticas, que
estaban sentadas al lado de nosotros y con la que Eduardo entabló conversación.
Tuve una sensación extraña que me transportó a los tiempos pretéritos
del ligoteo. No tenía ni por ahora tengo ningún interés en ligar
y la situación que me imaginaba me resultaba ridícula,
pero ¿por qué no? Tú dirías: !Qué pereza!

Eduardo es compañero de trabajo y desayunamos regularmente juntos.
Lo conoces porque te lo presenté un día (tiene un buen recuerdo de ti).
El caso es que me ha cogido cariño y nos hemos hecho amigos.
A menudo va a San Pedro de Alcántara, donde en tiempos
veraneaban sus padres, y si yo ando por La Cala solemos
quedar un día por el centro de Málaga

 


En el monte San Antón (Málaga), con Begoña, Valen y Pili, en enero de 2015.
Tantos años viviendo en Pedregalejo y nunca había subido al monte San Antón,
en cambio después de tu muerte he subido cuatro veces en muy poco tiempo.
Las vistas son espectaculares, los días claros se ve África y Gibraltar.
Se ha convertido en una visita obligada para los amigos
que vienen por primera vez a Málaga


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Hola Rosa, aquí me tienes, otra vez contigo, para contarte algo más de mi vida sin ti antes que se me olvide. En el año 2015 me han sucedido varias cosas, algunas de las cuales, en su vorágine, me han distraído de tu duelo y recuerdo, y me han ayudado a seguir tirando, incluso una de ellas me devolvió a la vida (luego te cuento). En las tres más importantes he creído ver tu mano en la fuerza del destino. Nada estaba previsto, todo aconteció como si estuviera escrito. Todo es muy curioso y asombroso.

Con los ahorros que teníamos, un poco que heredé de mi madre y la perspectiva de vender su casa, me decidí a comprar un piso con el fin de alquilarlo, al fin al cabo ni los bancos ni el Estado nos dan nada por tener depositado nuestro dinero y nuestra confianza en sus arcas, y por otra parte el dinero en general es, desde hace ya mucho tiempo, etéreo, volátil, cifras numéricas sin contravalor alguno. A poco que tengas algo de calderilla en el monedero vale más, en términos reales, que cualquier anotación positiva en el saldo de tu cuenta.

Pero volvamos al asunto del piso. Era condición necesaria que estuviera cerca del nuestro, en el mismo barrio. Y así fue, me compré un pequeño piso al otro lado de la calle Alcalá, en una corrala de cuya existencia no tenía ni idea. Fue también un flechazo, como el que compramos en La Cala. Según me han dicho se construyó a la par que la plaza de toros de Las Ventas, en 1927. A finales de febrero firmé las escrituras. Estaba amueblado y listo para poder arrendarlo, aunque el suelo -tarima flotante de escaso grosor- pedía desesperadamente un lijado imposible. Es todo exterior y muy luminoso, con dos balcones y dos ventanas al sur; una gozada. Tiene vistas y son agradables, desde él se ve el Pirulí. Los techos son altos y el espacio está muy bien aprovechado, con una distribución de las habitaciones que yo diría óptima. En realidad son sólo 60 m2, los mismos que tiene el otro si le quitamos el pasillo. A la gente le digo de cachondeo que yo no trabajo (por compro) pisos de más de 70 m2, y a día de hoy, que es ya casi mañana, es una sacrosanta verdad. Es un tercero de un bloque que en la fachada principal, a la que da mi casa, tiene cuatro plantas, pero en el resto sólo tiene tres, con lo cual desde las ventanas de atrás (cocina, baño y uno de los dormitorios), que dan al patio, se ve más cielo del que se vería si toda la finca fuera homogénea en altura, ya que, afortunadamente, no asoma ningún otro edificio por ese lado. Además, poco antes de que yo comprara la casa, construyeron en lo que queda de patio un ascensor bastante grande, donde cabe holgadamente una silla de ruedas. Hay que ser previsor, por mí primero y por todos mis compañeros (“salvo la valla”). Que quiten las barreas y tiren las murallas, que no existan las fronteras. Madre mía, cuánto me estoy enrollando, hasta me ha salido una proclama.

Bueno, el caso es que en el ir y venir de una casa a otra, conforme más visitaba el nuevo piso, más prendado me quedaba de él (“me llamaba”, les dije y les digo a los amigos). La querencia iba en aumento y decidí tomar la decisión de cambiarme de domicilio, irme a vivir a sus aposentos, hacer reforma (cambiar el suelo y la calefacción, que era eléctrica; quitar un pequeño pasillo y ganarlo para el cuarto de baño y la cocina, etc.) y alquilar la casa en la que vivimos durante tantos años. Pero no fue una huída, que va; estaba muy a gustito en ella como con todo lo que compartimos. Sin embargo hay gente que piensa, que necesita pensar, que es porque desde tu muerte se me caía la casa encima (anímicamente hablando, claro); pero no es verdad. ¿Les parecerá poco romántico o que te quiero menos?

El que sea una corrala me encanta, a pesar de que en gran parte del patio construyeron un taller de reparación de automóviles y, por lo tanto, no conserva completamente su estructura originaria. La ropa de los vecinos, colgada en las cuerdas sujetas a las barandillas de los pasillos de acceso a las viviendas, da colorido al paisaje interior y me transporta a las callejuelas de Nápoles que pudimos ver en el cine y también in situ cuando estuvimos en dicha ciudad camino de Sicilia. ¡Qué bien!, cuánto viajamos, cómo aprovechamos el tiempo en todos los sentidos y con todos los sentidos. Eso que te llevaste puesto, eso que no me puede quitar nada ni nadie.

El grueso de la reforma se la encargué a Alfredo y me la tomé en un principio con calma, pero al final terminé, ¿cómo no?, tenso y disgustado con algunas cosas que se hicieron mal, aunque en general el balance es bastante positivo. Entre unas cosas y otras (tensiones de la compra-venta de la casa, papeleos -incluidos los de la herencia de mi madre-, problemas con la obra, mudanza,…), ese año terminé agotado. El 15 de diciembre de 2015 me trasladé a vivir a la nueva casa. Y sólo tres meses y medio después alquilaba la antigua a Nina, ¿te acuerdas?, la india, muy maja por cierto. La he dejado en buenas manos, estoy contento; y los vecinos ni te cuento. Nos hemos hecho amigos.

Ese mismo año en febrero organicé en el bar de Kalhid el Primer Encuentro “De Vez en Cuento”. Invité a los amigos, seguidores y colaboradores de De Vez en Cuento que viven en Madrid. Maite Imbernón, siempre ingeniosa, lo llamó el “De Vez Encuentro” y no faltó a la cita en su triple condición de amiga, seguidora y colaboradora. Me animó hacerlo el éxito de la reunión del año anterior en el mismo lugar, pero no tuvo nada que ver; quizás esta vez los astros no estaban colocados favorablemente. La idea era que los colaboradores se conocieran entre ellos, que los conocieran mis amigos, que hubiera interrelación entre todos. Pero vinieron muy pocos colaboradores que no fueran íntimos amigos, algunos de mis amigos estuvieron poco comunicativos, sobró mucha comida por un error de cálculo y alguna baja de última hora, etc., etc. Un poco desastre. Se me quitaron las ganas de volverlo a repetir…; aunque tenía pensado, en una vuelta de tuerca más, que en el siguiente encuentro cada colaborador trajera alguna que otra obra suya al evento. ¡Qué moral!

En marzo “Los Nachos” me invitaron un fin de semana a Garganta de la Olla; él celebraba su 50 cumpleaños y allí que fuimos un puñado de amigos. Estuvo la mar de divertido, con Cecilia, a la que no conocía, de animadora de lujo. Comimos migas, que hizo Merche, cantamos, bailamos, anduvimos por el pueblo y alrededores,... Fenomenal. Ya te puse dos fotos del susodicho acontecimiento en las que estoy, en una, con Enrique y, en otra, con Jesús.

 

La ardilla roja

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Rosa